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Presentación


Este bloc pretende recoger algunos cuentos útiles para terapeutas, educadores, profesores... espero que les resulten tanto como me han resultado a mi!






“Un cuento puede ser la expresión metafórica de la vida”












jueves, 28 de enero de 2010

Una fábula de Tolstoi

En la orilla de la Oka vivían numerosos campesinos; la tierra no era fértil, pero, labrada con tenacidad, producía lo que era necesario para vivir tranquilos y para guardar algo como reserva.
Iván, uno de los labriegos, fue una vez a la feria de Tula y compró una pareja preciosa de perros conejeros para que cuidaran la casa. Al poco tiempo, los animales eran conocidos en todos los campos de la huerta de Oka por sus continuas corridas, y por los destrozos que provocaban en los sembrados. Las ovejas y los terneros tampoco solían quedar bien parados. Nicolai, vecino de Iván, en la primera feria de Tula compró otra pareja de perros para que le defendieran la casa, los campos y las tierras.
Al principio, los nuevos guardianes se pelearon con los antiguos, pero pronto se hicieron amigos y los cuatro hacían juntos las corridas. Los otros vecinos, cuando vieron que el peligro aumentaba, también se proporcionaron perros conejeros y así en unos pocos años, cada labrador era propietario de una pandilla de 10 o 15 perros. Apenas oscurecía, con el más leve ruido, los perros corrían furiosos y armaban un escándalo tan fuerte, que parecía que un ejército de bandidos asaltara la casa. Los amos, asustados, cerraban bien las puertas y decían: - Dios mío, ¿qué sería de nosotros sin estos perros tan valientes que, abnegadamente, defienden nuestras casas?
Al mismo tiempo que cada campesino, para estar mejor defendido, aumentaba el número de perros, éstos se hacían más exigentes. Ya no tenían suficiente con los huesos y las sobras de la comida, sino que les tenían que reservar los trozos mejores de las matanzas y les tuvieron que construir cubiertos y dedicar más tiempo para cuidarlos.
Mientras tanto, la miseria se había apoderado del pueblecito; los niños, vestidos con guiñapos, palidecían de hambre y de frío, y los hombres, por más que trabajaran de la mañana a la noche, no conseguían sacar de la tierra lo necesario para su familia. Un día se quejaban de su suerte ante del hombre más viejo y sabio del pueblo, y como ecaban la culpa al cielo, el hombre los dijo:
- La culpa la tenéis vosotros: os lamentáis que en vuestra casa falta el pan para vuestros hijos, que están delgados y desnutridos, y veo que mantenéis docenas de perros gruesos y lustrosos.
- Son los defensores de nuestros hogares - exclamaron a la vez los labriegos - ¿Los defensores? ¿De qué os defienden?
- Señor, si no fuera por ellos, los perros extraños matarían a los rebaños e, incluso, a nosotros.
- ¡Ciegos! ¡Ciegos! - dijo el viejo - No comprendéis que vuestros perros os defienden de los perros de los otros, y si nadie tuviera perros no necesitaríais defensores que se coman todo el pan que tendría que alimentar a vuestros hijos. Suprimir los perros, y la paz y la abundancia volverán a vuestros hogares.
Y siguiendo el consejo del viejo, se deshicieron de sus defensores y, un año más tarde, los graneros y las despensas estaban llenos de provisiones, y en la cara de los hijos se veía una sonrisa de salud y prosperidad.

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