Hay un trasatlántico anclado en el puerto de Havre, inmovilizado en el momento de partir por una avería de sus máquinas. El jefe de mecánicos y su equipo, muy cualificados y con muchas titulaciones, se precipitan a la sala de máquinas para averiguar las causas de la avería y encontrar la solución. Pasan las horas sin que se obtenga ningún resultado. El capitán, desalentado, decide ir a tomar el aire en el puente, cuando un curioso lo interpela: "¿no se han ido todavía?" "no -responde el capitán- hay una avería muy grave en las máquinas." El curioso le cuenta entonces que hay en el puerto un hombre, sin duda modesto y sin titulación, pero reputado por ser un verdadero genio de la mecánica. El capitán, un poco escéptico, le pide, sin embargo, que le haga venir. Éste sube a bordo y sigue tímidamente al capitán hasta la sala de máquinas. Allí, silencioso, observa muy atentamente todo lo que hay que observar y escucha con cuidado los más débiles ruidos que puede escuchar. Pasa un rato largo y, después, sin titubear, coge su martillo y golpea con seguridad y precisión sobre uno de los mecanismos. Todo vuelve a funcionar. El capitán, tan contento como extraño, le felicita calurosamente y le pregunta cuánto le debe. "me deve mil dólares" Y ante la sorpresa manifiesta del capitán, le detalla la factura: "990 dólares por observar, escuchar, sentir, percibir y reflexionar; 10 dólares por el golpe de martillo"
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